Situarme ideológicamente en este tema me costó años de
querer entenderlo en profundidad, y me costó reflexionar mucho sobre los
tópicos y los enormes prejuicios que le rodean. Solemos prejuzgar este duro y
controvertido asunto desde unas coordenadas supuestamente morales que nos
llevan, en muchos casos, como en tantas otras cosas, a considerar el árbol y
negar la existencia del bosque. El asunto es mucho más complejo y más profundo
que el rechazo inicial que suele producir en personas que dan los tópicos por
buenos, rechazando entrar en el problema de fondo.
Y el problema de fondo es la vida, la vida humana, no sólo
en forma de cigoto, sino también en forma de seres humanos que viven sin
recursos, sin educación, sin atención, y muchos de ellos en la marginalidad y
en la miseria. ¿Se ocupan de esas vidas los que se echan a la calle a defender
a capa y espada a los cigotos? ¿Se preocupan de ofrecer educación afectiva y
sexual a los jóvenes para evitar esas trágicas situaciones? ¿Enseñan a las
mujeres a tener autoestima y dignidad? ¿Ofrecen la posibilidad de una vida
digna a esas criaturas que nacen de embarazos no deseados? La respuesta es no.
Y precisamente porque se trata de la vida, nada más y nada
menos que de la vida, es necesario profundizar en el problema y no dedicarse a
repetir como papagayos los eslóganes que vierten los que dicen, sólo dicen,
preocuparse tanto por ella. El aborto es un problema sanitario, humano y
social. Y es una verdadera tragedia para muchas mujeres, de toda extracción
social y condición. Y es una tragedia para esas mujeres porque hacen una
durísima elección en su vida personal, elección motivada por diversos factores
en su contra, como la pobreza, la falta de recursos, el rechazo familiar o social,
el miedo, la indefensión o la miseria, la enfermedad, la incapacidad o el abuso
sexual…


